Opinión
¿Está la ciencia sobrevalorada frente a lo humanístico y lo social?
Vivimos en una época en la que la productividad parece haberse convertido en la medida universal del valor. Nos esforzamos por ser más eficientes, más rentables, más útiles. Y en ese contexto no sorprende que la ciencia —especialmente en sus aplicaciones tecnológicas y económicas— se haya elevado como la cima del saber. Pero ¿qué hemos perdido por el camino?
El prestigio desigual de las letras y los números
Se nota en las conversaciones de pasillo y en las orientaciones de futuro: el alumno que elige Bachillerato científico recibe asentimientos de aprobación; el que elige el humanístico o el social, demasiado a menudo, un «¿y eso para qué sirve?». Como si la utilidad de un conocimiento pudiera medirse solo en salidas laborales inmediatas. Como si entender a las personas, las sociedades y las ideas fuera un lujo prescindible.
La paradoja es que esta jerarquía no la inventó la ciencia. Los grandes científicos han sido, casi siempre, gente de cultura amplia: lectores, humanistas, personas fascinadas por la filosofía. La jerarquía la inventó el mercado — y la hemos interiorizado tan a fondo que se la repetimos a nuestros hijos sin darnos cuenta.
Lo que las humanidades hacen (y no sale en los rankings)
La historia no enseña fechas: enseña que las cosas podrían haber sido de otra manera, y que por tanto pueden volver a serlo. La filosofía no enseña teorías: enseña a detectar un mal argumento — una habilidad de supervivencia en la era de la desinformación. La literatura no enseña libros: entrena la capacidad de ponerse en la piel de otro, que es la materia prima de toda vida social decente.
Nada de eso cotiza. Todo eso sostiene, silenciosamente, el resto.
No se trata de elegir bando. Se trata de negar la pregunta: un alumno no tiene que decidir entre entender el mundo físico y entender el mundo humano. Las dos cosas juntas son, exactamente, lo que en otras épocas se llamaba educación.
Por qué una academia se llama Plató
No es casualidad que nuestro centro lleve el nombre de un filósofo. En la Academia de Platón —la primera que llevó ese nombre— se estudiaba geometría y se discutía de justicia, a menudo la misma mañana. Aquella intuición fundacional sigue siendo la nuestra: el conocimiento no viene en compartimentos. El alumno que entiende por qué estudia — que encuentra sentido, no solo utilidad — aprende más y mejor en todas las asignaturas, de las mates a la literatura.
Por eso reforzamos matemáticas, física y química con la misma dedicación que lenguas, historia o filosofía. Y por eso, cuando un alumno nos dice que quiere hacer el humanístico «aunque digan que no tiene salidas», nuestra respuesta es siempre la misma: si es tu camino, hazlo bien. El mundo necesita buenos ingenieros. Y necesita, con la misma urgencia, gente que sepa leerlo, explicarlo y hacerlo más habitable.
Refuerzo de todas las asignaturas, de Primaria a la universidad, con la misma exigencia y el mismo respeto por cada camino.